11 DE OCTUBRE
“CUMPLIRÁ TODO LO QUE YO QUIERO”

Yo soy el que dice de Ciro: “Es mi pastor y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: “Serás edificada’, y al Templo: Serán puestos tus cimientos”” (Isaías 44:28).

El Cilindro de Ciro constituye una de las piezas más importantes del Museo Británico. En este cilindro de arcilla, Ciro se describe a sí mismo como “el rey del mundo, gran rey, legítimo rey, rey de Babilonia, rey de Sumeria y Acadia, rey de los cuatro confines [del universo]”. * Su legendario reinado ha sido inmortalizado por las crónicas de historiadores griegos que escribieron muchos años después de su muerte. Creo que las más bellas declaraciones sobre este monarca persa no quedaron plasmadas en las fuentes seculares, sino en el libro del profeta Isaías. Sin embargo, a diferencia de los cronistas griegos, Isaías escribió ciento cincuenta años antes de que Ciro naciera.
Fijémonos en este pasaje: “Yo soy él dice de Ciro: ‘Es mi pastor y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: ‘Serás edificada’, y al Templo: ‘Serán puestos tus cimientos”” (Isaías 44:28). Ciro era un pagano, un adorador de imágenes, alguien que no tenía la más remota idea de quién era Dios; sin embargo, el Señor lo escogió como un instrumento especial para que llevara a cabo una obra muy importante.
Desde la eternidad, Ciro había sido escogido para reedificar la ciudad y el templo; pero cuando Isaías hizo su profecía, tanto el templo como la ciudad estaban de pie. Los babilonios destruyeron el templo en 605 a.C., y la ciudad quedó arrasada en 586 a.C. Ahora le tocaba a Ciro asumir su papel. ¿Y qué hizo? En el primer año de su reinado emitió este decreto: “Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, sea Dios con él, suba a Jerusalén, que está en Judá, y edifique la casa a Jehová, Dios de Israel (él es el Dios), la cual está en Jerusalén” (Esdras 1:2, 3).
Ciro nos enseña que la verdadera grandeza no radicaba en gobernar el Imperio Persa, sino en cumplir con todo lo que Dios quería. La vida en esta tierra no debe girar en torno a nuestros planes, sino en cómo cumplir todo el Señor espera que de nosotros.
* Anson F. Rainey y R. Steven Notley, The Sacred Bridge: Carta’s Atlas of the Biblical World (Jerusalén: Carta Jerusalem, 2006), p. 276.

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