03 DE ENERO
LA URGENCIA DE LA CONFESIÓN
«Si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad» (1 Juan 1: 9).

Reconocer nuestros pecados es imprescindible para que seamos perdonados. Por eso el Señor había indicado: «Si alguien comete alguno de estos pecados, deberá reconocerlo» (Levítico 5: 5, TLA). Sin embargo, al corazón humano le resulta difícil admitir sus faltas. Tiene una inclinación natural hacia la autojustificación.

A principios del siglo XVII, el duque Osuna, virrey de Sicilia y luego de Nápoles, visitó una galera con presos en el puerto de Barcelona, España. Uno por uno los prisioneros se presentaron ante él, y a todos les hacía la misma pregunta:

—¿Por qué crimen estás aquí?

Las respuestas eran distintas, cada uno trataba de justificar su situación. No obstante, finalmente un preso confesó con humildad:

—Señor, yo estoy aquí justamente. Deseaba conseguir dinero fácil y lo robé. Merezco mi condena.

El duque, famoso por su ingenio cáustico y satírico, quedó tan sorprendido por la honrada admisión de la culpa por parte del hombre, que lo perdonó e inmediatamente ordenó que lo dejaran en libertad.

—Eres demasiado malo como para dejarte entre tantos hombres inocentes, —dijo de modo que todos pudieran oír.

Es posible que la vergüenza o el orgullo estorben nuestra decisión de confesar nuestros pecados. Siempre es más fácil dar por sentado que todo está bien o que mejorará pronto. Pero cualquiera sea la razón, mentiríamos «si decimos que no hemos cometido pecado». Dios ve nuestra duplicidad. Observa nuestra hipocresía. «Penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. Allí examina nuestros pensamientos y deseos, y deja en claro si son buenos o malos. Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él, pues Dios puede verlo todo con claridad, y ante él seremos responsables de todo lo que hemos hecho» (Hebreos 4: 12, 13, TLA).

Pero, aunque el Señor lee nuestro corazón y nos conoce perfectamente, es bondadoso y compasivo. «Si confesamos nuestros pecados», nos perdonará; más aún, «nos limpiará de toda maldad». Una experiencia tal nos asegurará estar de pie ante su presencia en el día final. De hecho, podemos disfrutar de ella ahora mismo, si voluntariamente nos entregamos a la misericordia de nuestro amante Salvador.
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DECIDETE HOY
Devoción Matutina para Jóvenes 2024
Narrado por: Daniel Ramos
Desde: Connecticut, Estados Unidos
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