08 DE FEBRERO
EL COMODÍN DE LA FE

«Abram creyó a Jehová y le fue contado por justicia.» Gen. 15:6

Abram, tras años de emigración, había aprendido dos conceptos sumamente importantes de los nómadas: la importancia de las estrellas y de la familia. Las estrellas eran el mapa de la antigüedad, aportaban posición y trayectoria. Además, una noche constelada en el desierto era un libro abierto a las historias y recuerdos de los familiares. Abram recordaba con claridad, bajo el cielo estrellado, su salida de Ur, los caminos hacia Harán, la marcha hacia la aventura. Pero no tenía descendientes.
Una noche, Dios le pidió que contase las estrellas. Abram se sintió agobiado porque eran muchísimas. El Señor le miró sonriente y le prometió: «Así será tu descendencia.» Y Abram le creyó. Ese acto de fe hablaba mucho más de la religión de lo que supo comprender en ese momento. Pero es que la fe no necesita tantos datos.
A Pablo le encantaba este relato y le faltaban excusas para recordarlo. Lo menciona directa e indirectamente en varias ocasiones, pero en Romanos 4 parece disfrutar leyéndolo desde diferentes perspectivas. Primeramente, nos recuerda que solo es necesaria la fe para ser justificado por Jesús (4:3), que las obras no tienen nada que ver con la salvación. Y aunque este es un asunto bien claro en todo el Nuevo Testamento, hace falta recordarlo porque, a veces, se nos olvida. Después, que Abram no estaba circuncidado cuando aconteció este evento (4:9). Este concepto, hoy día, nos parece intrascendente, pero era vital en el siglo I. Los judíos, circuncidados, eran los descendientes de Abraham y los depositarios de la fe. Los gentiles estaban fuera de ese círculo. Pero Pablo les recuerda que no hay restricciones para la fe, que todos, absolutamente todos, podemos vivir esa experiencia. No existe ningún condicionamiento, puedes creer, seas quien seas. Y, por último, tuvo la paciencia de esperar para ver cómo se cumplía la promesa. Lo suyo no era la fast faith (fe rápida) sino la fe que sabe ser constante. Y creyó en «esperanza contra esperanza» (4:18). Eso quiere decir que cuando la esperanza humana no es suficiente, hemos de confiar en la esperanza divina. ¿Era posible que un anciano casado con una anciana tuviera un hijo? Humanamente, no. Pero Dios tiene otras maneras de proceder. Y Abraham tuvo una descendencia extensísima.
Es que, en el juego de la vida, Jesús es el comodín divino. Se pone en nuestro lugar y nos salva. Vale para todas las cartas, incluso las más arruinadas. No le importa cuánto dure la partida porque, al final, gana. Y, además, se juega por ti.
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CARÁCTER
Devoción Matutina para Jóvenes 2023
Narrado por: Daniel Ramos
Desde: Connecticut, Estados Unidos
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