12 DE SEPTIEMBRE
UN PROBLEMA QUE NO TERMINA
Cuando yo vaya, haré mención de lo que hace, pues anda hablando mal de nosotros. Y no contento con esto, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos les prohíbe hacerlo y los expulsa de la iglesia (3 Juan 1: 10).
LA BIBLIA DA UNA CORTA BIOGRAFÍA, pero llena de detalles sobre Diótrefes. Este hombre se manejaba con mucha autoridad en su iglesia local, aunque él no aceptaba el liderazgo de los apóstoles. El apóstol Juan había enviado una carta a la iglesia, pero Diótrefes no había querido leerla en la congregación. Por si esto fuera poco, no hospedaba a los misioneros itinerantes y expulsaba de la iglesia a los que les daban alojamiento.
Lo más llamativo de este hombre de la iglesia cristina primitiva es que andaba parloteando con palabras malignas. ¡Qué terrible descripción! El apóstol Juan dejó registrada en las Escrituras palabras de amor y de bondad. Su evangelio es conocido como «el Evangelio del Amor», y si Juan dijo que Diótrefes utilizaba palabras maliciosas, realmente su vocabulario debe haber causado mucho mal.
Usar el don del habla para hacer daño no fue exclusividad de Diótrefes. Elena G. White llamó la atención a una mujer que en los comienzos de la iglesia adventista también utilizaba sus palabras para resaltar los pecados ajenos. Con mucho amor, ella le escribió: «Apreciada hermana, se me mostró que usted trae la oscuridad a su alma porque solo presta atención a los errores e imperfecciones de los demás. No se ocupe de los pecados de los demás, tiene trabajo que hacer por su alma y su familia que nadie más puede hacer. Crucifique su egoísmo y domine su disposición a magnificar las faltas de sus vecinos y a hablar irreflexivamente. Hay temas de los que puede hablar con mejores resultados. Siempre es seguro hablar de Jesús, de la esperanza cristiana y de las bellezas de nuestra fe. Santifique su lengua para Dios, así sus palabras estarán sazonadas de gracia» (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 136).
Sí, hablar de manera maliciosa sobre los demás es un problema que no termina. Lo fue en el cristianismo primitivo, lo fue en los comienzos de nuestra iglesia y también lo es hoy. ¡Cuántas personas han sido lastimadas por hablar apresuradamente! Es doloroso visitar a personas que alguna vez se congregaron con nosotros y que se han apartado porque fueron heridas verbalmente.
Así como lo recomendara Elena G. White, es importante que cada uno de nosotros santifique sus labios. Con oración y humildad roguemos que la sangre de Cristo nos limpie del pecado verbal, y démosle lugar a su Espíritu para que nuestras palabras sean sazonadas de gracia.

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EJEMPLOS Y ENSEÑANZAS DE LAS ESCRITURAS
Devoción Matutina para Jóvenes 2022
Narrado por: Daniel Ramos
Desde: Connecticut, Estados Unidos
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