LUNES, 13 DE FEBRERO
LA PROVISIÓN DE DIOS PARA LOS POBRES
Aunque Dios había prometido bendecir grandemente a su pueblo, no se proponía que la pobreza fuese totalmente desconocida entre ellos. Declaró que los pobres no dejarían de existir en la tierra. Siempre habría entre su pueblo algunos que le darían oportunidad de ejercer la simpatía, la ternura y la benevolencia…
La ley de Dios le daba al pobre derecho sobre cierta porción del productor de la tierra. Cualquiera estaba autorizado para ir, cuando tenía hambre, al sembrado de su vecino, a su huerto o a su viñedo, para comer del grano o de la fruta hasta satisfacerse. Obraron de acuerdo con este permiso los discípulos de Jesús cuando arrancaron espigas y comieron del grano al pasar por un campo cierto sábado.
Toda la rebusca de las mieses, el huerto y el viñedo pertenecían a los pobres. “Cuando segares tu mies en tu campo —dijo Moisés—, y olvidares alguna gavilla en el campo, no volverás a tomarla… Cuando sacudieres tus olivas, no recorrerás las ramas tras ti… Cuando vendimiares tu viña, no rebuscarás tras ti: para el extranjero, para el huérfano, y para la viuda será. Y acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto”. Deuteronomio 24:19-22; véase Levítico 19:9, 10 (Historia de los patriarcas y profetas, p. 571).

Debiéramos estudiar e imitar al Modelo, para que el Espíritu que mora en Cristo pueda morar en nosotros. El Salvador no fue encontrado entre los exaltados y los honorables del mundo. No pasó su tiempo entre aquellos que buscaban lo fácil y el placer. Anduvo haciendo bien. Su obra consistió en ayudar a aquellos que necesitaban ayuda, en salvar a los perdidos y a los que perecían, en elevar a los caídos, en romper el yugo de la opresión de aquellos que estaban en esclavitud, en sanar a los afligidos, en hablar palabras de simpatía y consuelo a los que sufrían y estaban angustiados. Se nos pide que copiemos este modelo. Levantémonos y pongámonos a trabajar, procurando bendecir al necesitado y confortar al angustiado. Cuanto más participemos del Espíritu de Cristo, tanto más veremos qué podemos hacer por nuestros semejantes. Estaremos llenos de amor por las almas que perecen, y encontraremos nuestra delicia en las pisadas de la Majestad del Cielo (Nuestra elevada vocación, p. 182).

Para muchos, la vida es una lucha dolorosa; se sienten deficientes, desgraciados y descreídos: piensan que no tienen nada que agradecer. Las palabras de bondad, las miradas de simpatía, las expresiones de gratitud, serían para muchos que luchan solos como un vaso de agua fría para un alma sedienta. Una palabra de simpatía, un acto de bondad, alzaría la carga que doblega los hombros cansados. Cada palabra y obra de bondad abnegada es una expresión del amor que Cristo sintió por la humanidad perdida…
Hay dulce paz para el espíritu compasivo, una bendita satisfacción en la vida de servicio desinteresado por el bienestar ajeno. El Espíritu Santo que mora en el alma y se manifiesta en la vida ablandará los corazones endurecidos y despertará en ellos simpatía y ternura. Lo que sembremos, eso segaremos. “Bienaventurado el que piensa en el pobre… Jehová lo guardará, y le dará vida; será bienaventurado en la tierra, y no lo entregarás a la voluntad de sus enemigos. Jehová lo sustentará sobre el lecho del dolor; mullirás toda su cama en su enfermedad”. Salmo 41:1-3 (El discurso maestro de Jesucristo, p. 24).

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NOTAS DE ELENA
LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA
I TRIMESTRE DEL 2023
Narrado por: Patty Cuyan
Desde: California, USA
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