JUEVES, 25 DE NOVIEMBRE
“ARREPENTÍOS Y CONVERTÍOS”

Al acudir a Juan [el Bautista), esos [Fariseos y Saduceos] no lo hacían por motivos rectos. Sus principios y procedimientos eran corruptos; sin embargo, no se daban cuenta de su verdadera condición. Llenos de orgullo y ambición, no vacilaban en echar mano de cualquier medio que los capacitara para exaltarse a sí mismos y fortalecer su influencia sobre la gente. Y el bautismo administrado por este joven y popular maestro podría ayudarles, según les parecía, a cumplir esos designios con más éxito.

Sus motivos no estaban ocultos para Juan, quien los enfrentó con esta escrutadora pregunta: “¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” Si hubieran escuchado la voz de Dios que hablaba a sus corazones, habrían dado evidencias de ese hecho mediante frutos dignos de arrepentimiento. Pero esos frutos no se veían. Habían escuchado la amonestación como si fuera solo la voz del hombre. Se sentían encantados con el poder y la osadía con que hablaba Juan, pero la convicción del Espíritu de Dios no llegaba a sus corazones, y como resultado cierto de ello la palabra hablada no daba frutos para vida eterna (Cada día con Dios, p. 195).

Nadie está más lejos del reino de los cielos que los formalistas llenos de justicia propia, saturados tal vez de orgullo por causa de sus logros, mientras están totalmente desprovistos del Espíritu de Cristo, y están dominados por la envidia, los celos, y el amor a la alabanza y la popularidad. Pertenecen a la clase a la cual Juan calificó de generación de víboras, hijos del maligno. Sirven a la causa de Satanás con más eficiencia que el más vil de los libertinos, porque este no disfraza su verdadero carácter, y se lo ve tal como es.

Nada menos que una vida enmendada: frutos dignos de arrepentimiento, cumplirá los requisitos divinos. Sin esos frutos, nuestra profesión de fe carece de valor (Cada día con Dios, p. 195).

Muchos formulan hoy la misma pregunta que hizo la multitud el día de Pentecostés, cuando, convencida de pecado, exclamó: “¿Qué haremos?” La primera palabra de la contestación del apóstol Pedro fue: “Arrepentíos” … “y volveos a Dios; para que sean borrados vuestros pecados”. Hechos 2:37, 38, 3:19.

El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo. No renunciamos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad. Mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en nuestra vida.

Muchos no entienden la naturaleza verdadera del arrepentimiento. Muchas personas se entristecen por haber pecado, y aun se reforman exteriormente, porque temen que su mala vida les acarree sufrimientos. Pero esto no es arrepentimiento en el sentido bíblico. Lamentan el dolor más bien que el pecado…

Pero cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica… La convicción se posesiona de la mente y del corazón. El pecador reconoce entonces la justicia de Jehová, y siente terror de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña los corazones. Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo (El camino a Cristo, pp. 23, 24).

VIERNES, 26 DE NOVIEMBRE: PARA ESTUDIAR Y MEDITAR

Mensajes selectos, t. 1, “El significado del nacimiento de Cristo”, pp. 293, 294; La fe por la cual vivo, 29 de mayo, “El tiempo de la siembra”, p.

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NOTAS DE ELENA
LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA
IV TRIMESTRE DEL 2021
Narrado por: Patty Cuyan
Desde: California, USA
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