16 DE ENERO
SALMO 13
«Pero yo confío en tu gran amor; mi corazón se alegra en tu salvación» (SAL. 13:5).

«E n verdad estoy tan triste que no puedo expresar mi gran dolor a ninguna persona, no puedo comer, ni beber, ni dormir». Esto fue lo que la esposa de Martin Lutero escribió después de que él muriera. Así es el dolor. Es mucho más que un sentimiento. El dolor se toca, se materializa. Y, de inmediato, nos hace cuestionar a Dios.

El salmista David comienza con cinco preguntas y en cuatro de ellas inicia diciendo: «¿Hasta cuándo…?» (vv. 1-2). Esto pone de manifiesto la agonía por su dolor. Grita con desesperación porque se siente abandonado por su Dios. La paciencia se ha agotado, la esperanza se ha esfumado y el dolor se ha transformado en un gigante invencible.

En los días alegres y cálidos de nuestra vida, el tiempo pasa volando con sus alas extendidas. Pero, en las jornadas del invierno del dolor, sus alas se cierran y se estaciona indefinidamente. Las horas se sienten como días y los días como meses. Así se siente el salmista. No ve el momento en que termine su dolor.
Pero es interesante que, en medio de este escenario, David pide a Dios algo que nos sorprende: «… Ilumina mis ojos. Así no caeré en el sueño de la muerte» (v. 3).

No pide un cambio superficial. No pide que sus enemigos sean destruidos (aun-que no pecaría si pidiese eso). Él pide que la mano providente de Dios venga y abra sus ojos de fe para que, en medio de su aflicción y oscuridad, vea la luz refulgente de Su gloria. Es como si dijera: «No permitas que la oscuridad de la maldad nuble mis ojos y me impida ver tu gloriosa santidad». Él desea ver a Dios porque, cuando ve esa bella gloria, su corazón pasa de la agonía a la alegría, del lamento al canto. En los versículos finales, podemos observar que Dios contestó su oración y el verano llegó con sus alas extendidas (vv. 5-6).

La belleza de la luz se disfruta después de un periodo de oscuridad y, para usar una frase del poeta escocés Robert Pollok, «el recuerdo de las tristezas pasadas endulza el gozo presente». La música que sale del corazón del salmista es gloriosa porque emana de un corazón cautivo por la gloria de su Dios en medio de la oscuridad.

Permíteme compartirte dos principios para cualquiera que sea tu doloroso invierno:
En el invierno del dolor, clama a Dios que alumbre tus ojos. Más que cualquier otra cosa, necesitas ver la gloria de Dios. Y recuerda que esa gloria se manifestó en Cristo (2 Cor. 4:6).

En el invierno del dolor, Dios es el Alfarero y tú eres el barro. Las manos de Dios están trabajando en ti. Quizás sientes que necesitas saber qué está haciendo. Pero Él sabe lo que hace y tú necesitas recordar que todo obra para tu bien y Su gloria. Él no se equivoca. Él nunca falla. Él termina a la perfección lo que inicia (Jer. 18).

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SALMOS
DEVOCION MATUTINA VESPERTINA
Narrado por: Joyce Vejar
Desde: Arizona, USA
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