27 DE MAYO
SALMO 119:148
«En toda la noche no pego los ojos, para meditar en tu promesa» (SAL. 119:148).

Eran las dos de la mañana y escuché sus gritos de dolor. Mi esposa llevaba algunas semanas con riesgo de aborto. Habíamos esperado algunos años para poder tener bebés y el pronóstico para nuestra primera hija no era alentador. Aquella madrugada se levantó con mucho dolor y lo primero que vi fue una cantidad inmensa de sangre.

Muchos de nosotros hemos tenido que pasar la noche en un hospital. Esa noche fue especialmente complicada porque había poco personal y tuvieron que responder con los pocos recursos que tenían disponibles. Habían logrado detener la hemorragia y habían estado buscando los latidos del bebé; no los encontraban.

Había que esperar algunas horas para que en la mañana llegaran los médicos e hicieran los estudios correspondientes para determinar si nuestra bebé seguía ahí.
Mucha sangre y sin latidos no eran una buena imagen para tener en la mente y conciliar el sueño.

Las promesas de Dios trascienden lo que podemos ver. Provienen de un lugar del universo al cual no podemos llegar caminando ni construyendo torres, así que son un recurso que tenemos a nuestra disposición que no depende de las circunstancias del presente, Sus promesas pertenecen a decretos eternos. El Salmo 119 es un excelente recordatorio del poder de la Palabra para consolarnos en medio del dolor.

Una visión romántica de la fe podría hacernos pensar que Sus promesas nos aseguran la ausencia del dolor, pero no, Sus promesas nos sostienen en el dolor, dolor que debemos ver como una dicha (Mat. 5:4). A veces ese dolor llega en la madrugada.

Llevábamos algunos minutos callados. La enfermera nos había dejado para dormir y lo último que dijo fue que «podría ser que el aparato para escuchar latidos no funcionara». Ni siquiera la tecnología estaba funcionando esa noche. No parecía que fuéramos a dormir, no pegaríamos los ojos en toda la noche. Mi esposa y yo solos. En realidad, no sabía qué decir, pero ella sí supo. Lo recuerdo perfectamente: «Vamos a orar para entregar a nuestro hijo en Sus manos y confiar en que Él hará lo mejor, entonces tendremos paz». Lo hicimos, oramos durante unos minutos y decidimos descansar en Sus promesas. ¿Cuáles promesas? De hecho, no había una promesa que nos dijera que nuestro hijo iba a estar vivo, pero sí había muchas otras que nos aseguraban que Dios estaría con nosotros fuera cual fuera el resultado final. Que no tuviéramos miedo, que confiáramos en Él, que Dios es mejor Padre que nosotros, que podíamos descansar. Así fue, dormimos.

A la mañana siguiente pudimos ver a nuestra bebé de nuevo en una pantalla, estaba viva y pataleando, algo que hoy sigue haciendo en casa. Aquella mañana me estaba enterando, de nuevo, de que sería padre; así se sintió y nunca olvidaré aquella sensación. Gracia sobre gracia.

Sus promesas están disponibles para ti a la hora que las necesites, porque Dios está siempre ahí. Nunca duerme el que te cuida (Sal. 121:3).
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SALMOS
DEVOCION MATUTINA VESPERTINA
Narrado por: Joyce Vejar
Desde: Arizona, USA
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